El hombre tiene experiencia de que en la vida se dan alternativamente la luz y la tiniebla, el gozo y el dolor, la esperanza y el desánimo. La sorpresa se da cuando prevalece una de estas situaciones: o nos parece demasiada felicidad o se nos antoja excesiva desgracia. El Concilio habla de “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres”, invitándonos a la solidaridad con nuestro tiempo. La vida oscila entre dolores y alegrías y no podemos ver sólo desde una perspectiva; el realismo cristiano une alegría-dolor-fe. Es la fe la que nos da un justo lugar en las cosas.
A la luz del Evangelio de la Transfiguración la existencia de los hombres es caminar hacia el Cielo, nuestra morada. Caminar en ocasiones áspero y dificultoso, porque con frecuencia hemos de ir contracorriente y tendremos que luchar con muchos enemigos de dentro de nosotros mismos y de fuera. Pero quiere el Señor confortarnos con la esperanza del Cielo, de modo especial en los momentos más duros o cuando la flaqueza de nuestra condición se hace más patente: “A la hora de la tentación piensa en el Amor que en el cielo te aguarda, fomenta la virtud de la esperanza, que no es falta de generosidad”. Allí “todo es reposo, alegría y regocijo; todo serenidad y calma, todo paz, resplandor y luz”. Y no luz como ésta de que gozamos ahora y que, comparada con aquélla, no pasa de ser como una lámpara junto al sol... Porque allí no hay noche, ni tarde, ni frío, ni calor, ni mudanza alguna en el modo de ser, sino un estado tal que sólo lo entienden quienes son dignos de gozar.
Sabemos que el camino cuaresmal es una invitación -personal y comunitaria- constante a escuchar al Hijo, al amado de Dios. Sin escucha no hay posibilidad de aprender del Maestro; sin escucha no es posible comprender lo que Dios nos pide en el contexto actual; sin escucha mutua en las comunidades eclesiales no podremos descubrir ni acertar el camino que nos pide el Señor. Por eso, creo que la escucha es una verdadera ascesis en estos tiempos, es un ejercicio que requiere de nuestro mayor esfuerzo. Eso nos conecta con el mandamiento más importante del Antiguo Testamento: “escucha, Israel…”
Si hemos experimentado a Jesús en nuestra vida, ya podemos comprender mejor la experiencia de aquellos discípulos en la montaña, experiencia que marca, que deja huellas, que produce “un antes y un después”. Sin embargo, “bajar” al ruido cotidiano, a la vida ordinaria siempre cuesta. Justamente ese regalo que hemos recibido, esa paz que supera todo entendimiento se convierte en nuestra fuerza para seguir adelante, anunciando el Reino, comprometido con la construcción de un mundo mejor.